Quién diría que al fin me podría liberar de su idiota existencia, bue’… como si la mía fuera superior. Pero no les voy a adelantar el final de la historia así que vamos a empezar por el principio.
Una tarde, como muchas otras, mientras miraba las caras de los boludos de mis compañeros de trabajo en la oficina, un grupo de pajeros que se la pasaban buscando porno en internet y compitiendo en juegos en red, el teléfono de mi escritorio sonó. Pero extrañamente, esta vez, del otro lado había una voz amigable, masculina y jovial que me saludaba y me ofrecía una oferta supuestamente imperdible que no podía desperdiciar, según él: «la inversión de mi vida». La verdad, no estaba para dejarme cagar por un pendejo boludo que necesitaba cobrar su comisión, pero tenía una voz caliente y, antes que completar algún informe de manera inútil, prefería continuar escuchándolo y hacerme la paja pensando en él. Ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez que había tenido un orgasmo, uno bueno, uno de esos en los que te late hasta el corazón y llega hasta la garganta. Aunque sea uno conmigo misma, con la almohada, la ducha o la frazada o hasta dormida, creo que ya me había olvidado cómo era. Mi fantasía se desplomó cuando el pibe dijo: «Bueno, Marta, para contar con este espectacular beneficio necesito que me pase los dieciséis dígitos de su tarjeta de crédito». Mi cuerpo desparramado sobre el escritorio se incorporó rápidamente, limpié mis dedos viscosos con una servilleta de papel que vino con el almuerzo y corté el teléfono. Estaba caliente, pero no tanto como para regalarle mi plata a un pibe que se la gastaría en porro y birra.
Siempre fui una mujer solitaria así que disfrutaba mis tardes después del laburo yendo un rato a algún cine porno gay, no porque me gustara el cine ni los gays sino para aislarme y sentir un poco de paz, al menos un rato, mientras me hacía invisible y disfrutaba del verdadero espectáculo. Me encantaba ver esas miradas, discretas, evidentes, tímidas, flechazos de fuego que salían de los ojos de esas personas que solo buscaban un poco de compañía y sobre todo de satisfacción. Algunxs de ellxs ya me conocían y me decían: «¿Otra vez acá, Martita…?», y sí, yo otra vez estaba ahí para observarlxs disimuladamente, más que por voyeur era porque yo también me consideraba un poco puto. Con la diferencia que yo todavía estaba en el closet, que más que ropero parecía una tumba. Llegar a casa casi muerta, después de las ocho, para no ver los rayos del sol y sí al boludo de Roberto que, a pesar de la rutina, siempre me esperaba con ansias porque yo le daba de comer. Parecía su única función en este mundo, comer y parlotear con otros viejos boludos como él.
Otro de los tantos días aburridos en la oficina, de reuniones, informes y dedos danzantes sobre teclados, cerca de las tres de la tarde, sonó de nuevo el teléfono de mi escritorio. Como nunca nadie me llama a ese aparato antiguo y analógico pensé que tal vez era mi vieja que quería contarme que algún vecino de la infancia había muerto. Pero no, era Roberto que me avisaba que hoy tenía una reunión con los muchachos del barrio, que no lo esperara para cenar. La felicidad afloró por mis poros pensando en que hoy, por suerte, no iba a tener que correr para llegar a hacerle de morfar a este imbécil, me iba a tirar a descansar ni bien llegara, pediría algún delivery para cenar y me haría la paja sola en el living, tranquila. Pero un ratito por el cine quería pasar y luego de eternas horas en mi cárcel de vidrio, me dirigí a mi club, el cine porno gay de la calle Lavalle.
Como estaba muy contenta por no tener que verle la cara, al llegar a casa, a Roberto, esta vez me senté en un lugar nuevo. A mis lejanxs acompañantes nunca les importó mi presencia y por suerte o por desgracia ningunx me preguntó si era Cross o si quería participar, la verdad muy por el contrario de lo que la mayoría podría creer, ese lugar era de lo más respetuoso, incluso más que muchas iglesias de barrio llenas de viejas criticonas y harpías. Cuando me acomodé por fin con mis pochoclos y empecé a disfrutar del show, miradas van, miradas vienen, una voz juguetona llamó mi atención. Detrás mío, le susurraba unx no tan bajo a su amante: «Un poquito más fuerte Marcelo, dale, dale. Metele Marcelo que estamos viejos, dale, dale, metele que capaz nos morimos mañana». Me quedé paralizada no más de dos segundos cuando giré la cabeza, ¡era el pelotudo de Roberto! Que además de inmundo y boludo era gay. Miles de imágenes vinieron a mi cabeza, miles de palabras, pero allí más dura que luego de consumir merca me quedé, pensaba en qué debía hacer ¡¿reprocharle la verdad?! ¡¿los años perdidos?! Pero ma’ sí, si yo también elegía quedarme con el gordo, debe ser porque en el fondo yo también sabía lo que era él. Así que me levanté sutilmente de la butaca y me fui cubriendo mi cara con el balde de pochoclos para que no me reconociera el mamerto de mi futuro exmarido. Estaba bastante enojada y confundida para volver a casa así que me compré, en un chino cercano, dos botellas de vino que escondí en la cartera y volví a la oficina. Hablé con la empleada de seguridad, que era una chica que conocía hace ya muchos años, le dije que había tenido un problema grave sin dar muchos detalles y me dejó pasar la noche ahí, al menos para poder pensar algún plan para mí.
Un sonido fuerte e insistente me despertó a la mañana siguiente mientras dormía sentada en mi escritorio. Me acomodé la camisa, me sequé la baba de la boca y mientras levantaba el tubo del teléfono tomé de mi cartera un espejito redondo para ver mi rostro después de semejante sorpresa. Otra vez, la voz sexy y jovial balbuceaba del otro lado del teléfono para venderme alguna nueva e imperdible oferta. Mientras el pibe me envolvía con sus palabras, a mi alrededor llegaban uno a uno mis compañerxs de celda. Otra vez el mismo circo, cada unx en su mundo y yo caliente, a pesar de todo, con la voz del pendejo. Mis dedos ya sabían hasta dónde llegar así que simulé algo de interés por lo que me contaba para poder continuar. «Señora ¿se encuentra en línea?», me decía cada tanto ya que me quedaba en silencio para aguantar los sonidos que brotan de mi cuerpo al acercarse al orgasmo. Y cuando por fin lo había logrado, comencé a despedirme sutilmente con una voz entrecortada que nada disimulaba. Le prometí que lo iba a pensar, que me llamara la semana que viene, pero cuando el tubo se iba acercando al botón de colgar una idea llegó. «Nene, ¿estás ahí?», le dije desesperada antes de perder la oportunidad. «Sí, Marta, estoy acá, ¡sabía que usted era una mujer inteligente y que no iba a perder esta súper oferta!», me dijo. Rápidamente saqué ese plástico que el pibe tanto ansiaba y compré, no sé bien si por desesperación o consuelo, pero compré todo lo que pude: pasajes, noches de hotel, seguro del viajero, excursiones y anda’ saber qué más, total era una adicional de la tarjeta de crédito de mi querido Roberto.

Comentarios
Publicar un comentario