Ella nació entre cuatro ninfas delicadas que nada entendían del mundo. Su madre no fue la diferencia, Marta era su nombre. Un poco conservadora, mujer machista si la hay, pero también amorosa, humilde y muy trabajadora. Se casó con Mario a los diecisiete años, como quería su madre, y como no podía ser de otra forma, tuvo muchos hijos. Cinco mujeres, cuatro ninfas y una mujer “monstruo”. María, nuestra protagonista, desde la infancia miraba el mundo con recelo. Mientras sus compañerxs de jardín pegaban con alegría sus nombres en muñecos imantados, rosados y celestes, sobre una pizarra de metal, ella pensaba en el modo de sacar los tornillos que la sostenían para pintar de mil colores los benditos muñecos. Le molestaba la idea de llegar a ese lugar cerrado con seres falsamente felices que colocaban aquello asignado como “nombre” en monigotes sin cara y de solo dos colores. Así nació su malestar, su cuestionamiento incesante y su obstinado modo de ver las cosas. Cambiaba de lugar las sill...
La pantalla le revelaba algo que jamás había visto. Unas bolitas transparentes de un material similar al acrílico se sumergian una detrás de otra en la oscuridad barrosa de un culo. Parte del cuerpo de una mujer única, de una especie híbrida perfecta, una corporeidad escultural llena de dibujos y con pija. La mujer encerrada en la pantalla tenía un rostro pálido con ojos color miel y la boca pintada de rojo como si fuera una muñeca oriental antigua. Frente al monitor una mojigata mojaba su ropa interior con el brillo y transparencia que los caracoles dejan sobre las hojas de las plantas que van a devorar. La piba nunca hubiera imaginado que la red social del pajarito tendría tanta y tan variada pornografía para ofrecer, un mundo desconocido por ella durante años. Antes de naufragar visualmente en busca de cuerpos deseosos y deseantes, ella debía estudiar para obtener un título de grado, trabajar para vivir y pagar el alquiler de un pequeño sucucho en la localidad de Burzaco cerca ...