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Entradas

María Heces

Ella nació entre cuatro ninfas delicadas que nada entendían del mundo. Su madre no fue la diferencia, Marta era su nombre. Un poco conservadora, mujer machista si la hay, pero también amorosa, humilde y muy trabajadora. Se casó con Mario a los diecisiete años, como quería su madre, y como no podía ser de otra forma, tuvo muchos hijos. Cinco mujeres, cuatro ninfas y una mujer “monstruo”. María, nuestra protagonista, desde la infancia miraba el mundo con recelo. Mientras sus compañerxs de jardín pegaban con alegría sus nombres en muñecos imantados, rosados y celestes, sobre una pizarra de metal, ella pensaba en el modo de sacar los tornillos que la sostenían para pintar de mil colores los benditos muñecos. Le molestaba la idea de llegar a ese lugar cerrado con seres falsamente felices que colocaban aquello asignado como “nombre” en monigotes sin cara y de solo dos colores. Así nació su malestar, su cuestionamiento incesante y su obstinado modo de ver las cosas. Cambiaba de lugar las sill...
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Transparencia

La pantalla le revelaba algo que jamás había visto. Unas bolitas transparentes de un material similar al acrílico se sumergian una detrás de otra en la oscuridad barrosa de un culo. Parte del cuerpo de una mujer única, de una especie híbrida perfecta, una corporeidad escultural llena de dibujos y con pija. La mujer encerrada en la pantalla tenía un rostro pálido con ojos color miel y la boca pintada de rojo como si fuera una muñeca oriental antigua. Frente al monitor una mojigata mojaba su ropa interior con el brillo y transparencia que los caracoles dejan sobre las hojas de las plantas que van a devorar.  La piba nunca hubiera imaginado que la red social del pajarito tendría tanta y tan variada pornografía para ofrecer, un mundo desconocido por ella durante años. Antes de naufragar visualmente en busca de cuerpos deseosos y deseantes, ella debía estudiar para obtener un título de grado, trabajar para vivir y pagar el alquiler de un pequeño sucucho en la localidad de Burzaco cerca ...

Yo no soy Roberto

«Buenas tardes, Señor Roberto, lo estamos llamando del departamento de Cobranzas del Banco THEC para informarle que, debido a sus reiteradas ausencias de pago, estaremos procediendo a embargar sus bienes personales», repitió por teléfono una joven y acelerada voz de no más de veinticinco años, para la que ese era, seguramente, su primer trabajo. Del otro lado, un cuarentón entredormido la escuchaba desde su cama, cubierto por las sábanas de Star Wars, mientras se secaba el hilo de baba que colgaba de su boca. «Equivocado. Yo no soy Roberto…», balbuceó antes de cortar. Lanzó un manotazo para apoyar su celular en la mesa de luz donde lo esperaban su desodorante Axo Sensual -Levanta minas sin fallar- y la foto de su vieja. Se acomodó en la cama nuevamente hasta que recordó sobresaltado que hoy tenía que trabajar. Se levantó, corrió a la ducha y frotó su cuerpo con algo lleno de pendejos que parecía jabón, salió del agua, se secó y tomó del ropero, meticulosamente ordenado, un jean gastado...

Taxi

Ella abre la puerta y se sienta en el asiento trasero. Le pide al chófer que la lleve a una dirección que parece ser su casa. Mira por la ventanilla, sabe que algo, parte de ella, quedó allá afuera para nunca más volver. El taxista la observa, algo en su mirada perdida en el infinito le atrae, le intriga. Ella continúa con la vista hacia un punto que no existe, su observación se dirige hacia adentro, un lugar que desde hoy está oscuro y no puede reparar. El hombre intenta sacar un tema de conversación, le habla sobre el tiempo y ella vuelve en sí, lo mira por un instante y responde monosilábica. Pero él no se rinde, espera unos minutos y le pregunta educadamente si vuelve de trabajar, ella se lo confirma con una frase fría que lo hace pensar: «sí, si es que a eso se le puede llamar trabajo». El hombre sonríe cree haber ganado algo y le cuenta que hace nueve horas está arriba del auto, que se muere de ganas de parar para ir a cenar. Ella pica el anzuelo y le pregunta si lo puede acompañ...

Una mujer y una isla pueden parecerse mucho

Mientras recorro las playas que no conozco, me pregunto ¿habré cerrado la llave de gas? ¿cerré bien la ventana de la cocina para que no entre la mugre que arrastra la lluvia? Pero ¿qué mierda estoy pensando? ¡que explote todo! Que explote todo como mi culo mientras me rajo este pedo aprovechando que no hay nadie y, principalmente, que no estás vos Roberto que me reprimís hasta el orto. Hundo los dedos de mis pies sobre la arena blanca y miro el cielo, ese cielo hermoso y limpio que nada se parece a vos. Roberto, mi marido, es más bien como un yunque, una mole de grasa, un ser estúpido y feliz que se conforma con ver el partido los domingos y juntarse a hablar por horas con otros viejos chotos como él, como nuestros vecinos o los pelotudos de sus clientes, que le compran cosas maltrechas en la ferretería. Quién diría que al fin me podría liberar de su idiota existencia, bue’… como si la mía fuera superior. Pero no les voy a adelantar el final de la historia así que vamos a empezar por e...

Emma

  Emma le toca la pija a su marido por debajo de la mesa. Mueve su mano disimuladamente para recorrer la pierna de Don León, su actual marido. Su vestido negro con pintitas de color bordó y gris casi ni se mueve, parece como si se hubiera quedado congelada por unos segundos con una pequeña sonrisa pícara que crece, a pesar de sus anteojos culo de botella indicados para el estrabismo, que le tapan la mitad de la cara mientras intenta su travesura. Su mano temblorosa por el alcohol, regordeta y arrugada masajea suavemente su objetivo abultado. Don León abre grandes sus ojos, sorprendido, su cara pálida y arrugada de milico retirado se tiñe de rojo. Ni la calentura le afloja la rigidez. Mientras tanto, como si nada, alrededor de la mesa, cuatro mujercitas alborotan el comedor. Las dos más grandes, adolescentes, tararean una canción y comparten auriculares de un walkman para escucharla. Las más pequeñas, se tiran de los pelos por una muñeca rubia y esquelética que, por su tono de piel,...

La Cenicienta de Barracas

Nací en el barrio de Barracas, en el vértice, en el límite de capital y provincia, muy cerca de la mugre del riachuelo. Vivía con mis tres hermanastras que aunque eran igual de miserables que yo, querían cagar más alto que el culo. Siempre me usaban de mula y aunque mi disgusto era enorme tenía que actuar, hacer de hermano marica que les hace de psicólogo, peluquero y asesor de imagen. Para peor mi padre había muerto y me había dejado con mi “muy adorada” madrastra: Elba, que además venía con sus zánganas crías de 19, 27 y 40 años. Pero no todo era sufrimiento, a veces aprovechaba que ellas se tragaban el verso de la “buena hermanita” y les teñía el pelo con caca, les hacía baños de pie con agua, sal y un poquito de meo. Y eso no era todo... por la mañanas, muy temprano, acontecía lo más lindo de mis días… pasaba el camión de la basura y ahí, como si fuera una carroza de carnaval brasilero, montado en ella estaba Pedro, el padre de mis futuros hijos. Él era un morocho grandote, macizo,...