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La máquina

“Estoy necesitando que me cojan bien”, le dijo ella a su acompañante al oído mientras le rozaba el bulto con su culo. Ella era alta, morena y refinada. Él no podía creer que ese minón que miró embobado todo la noche le dió bola, sí, a él un tipo gris, gordito de birra, ojeroso de tanto faso y aburrido de tanto número en la caja del banco. Le comió la boca y luego de franelear un rato se fueron juntos a la casa de ella.

La noche fue hermosa y el día mucho mejor. Tuvieron que ventilar el colchón para que se seque la humedad que derrocharon los cuerpos. Roberto estaba enloquecido con el minón y pensó que por fin le había pasado algo intenso desde que había nacido, por fin la vida tenía sabor, el delicioso sabor a cajeta de minón. 

Ella no era cariñosa con él, ni mucho menos amable, lo que sí era caliente, excitante, sorprendente. Él intentó irse después de casi 24 h de estar juntos pero ella con una teta lo convencía y así durante una semana. Roberto no lo podía creer, la excusa de conjuntivitis al laburo y a la familia tenía vencimiento. Pero él ya estaba perdido, incluso antes de conocerla. Días antes había pensado en el suicidio, esa palabra maldita de la que muchos se asustaban pero él pensaba a diario en ello. Creía que su vida era hasta entonces un desperdicio, un agotador suceso de repetidos actos rutinarios que lo iban envenenando de a poco y de los que no sabía salir. 

El minón lo encantaba y le regalaba maravillosos placeres que se renovaban a diario. Ella era como un barrio antiguo, lleno de detalles, en el que en cada caminata uno siempre encuentra algo nuevo, misterioso y distinto. Así a cada paso la pasión de ambos se reinventaba pero los roles en la cama no se negociaban, ella era la que mandaba. 

Una tarde, cuando se dieron las 15 h, los límites del deseo estallaron hacia lugares nuevos. Mientras los gemidos de ambos se perdían entre los bocinazos de la avenida que entraban por la ventana, el dolor quiso sumarse para iniciar la orgía. Ella lo cabalgaba como nunca, como si tuviera un orgasmo infinito y hambriento de pija gorda. Cuando él quedó con la cara desorbitada y exhausto, luego de escupir su leche sobre ella, el minón comenzó a lamerle su cuerpo como los animales carnívoros saborean a su presa antes de devorarla. Roberto le dijo: “Mi amor.. pará un poquito que yo no puedo más”. A ella no le importaron sus palabras, tomó una cuerda que tenía debajo de la cama y le ató suavemente las manos al respaldo. Como una babosa húmeda y brillante pintó su cuerpo de baba. Cuando llegó a su cara, lo besó fogosamente y con una de las manos le manoteo el ganso que, a pesar de su cansancio, ya estaba firme de vuelta. Le lamió la comisura de sus labios, la nariz, las mejillas y cuando llegó a los párpados, con los dientes le arrancó los ojos. Roberto la empezó a insultar pero ella se sintió profundamente excitada, así que tomó la sabana, se la metió en su boca y aprovechó la erección. 

Ella era enfermera y estudiante de medicina, con lo cual podía disponer de su cuerpo como si fuera bloques de rastys. Buscó sus herramientas y le curó los ojos, le dio unos besos y le soltó las manos. Roberto estaba demasiado confundido para correr, demasiado cansado de su vida para volver y tan caliente con el minón que se quedaría con ella hasta que le cortara la pija. 

Mientras ella guardaba las herramientas en el botiquín, él se quedó acurrucado en un rincón de la cama con un sentimiento contradictorio, como el dolor y el alivio que se siente al cagar. El minón volvió al cuarto y lo miró, no pudo evitar la tentación, aprovechó su culo asustado y le metió el cepillo con cerdas de plástico que usaba a diario. Sus muslos sangraban, él intentó llorar pero no tenía ojos y su libido más viva que nunca erotizó su cuerpo abriéndolo entero como si fuera un inmenso agujero… Al día siguiente, Roberto había perdido su nombre por mil horas placer... 

Ciego y con el culo roto, él la esperaba desnudo en el cuarto otra vez, con su pene firme y duro, deseoso de su salvaje y tupida vagina. 

Por fin las 20 h, hora en la que llegaba de trabajar. Ella tardó un poco más que de costumbre. Llegó y se demoró un rato buscando algo en el galpón del patio. Unos minutos después apareció en la puerta de la habitación semi desnuda con el jean puesto, descalza y con las tetas al aire. Pero esta vez tenía una sorpresa para él, la tijera de podar. 

Mientras lo montaba cortó una a una sus extremidades, un brazo... una pierna... hasta que ya no le quedó ninguna. ¿Humano? Ciego, sin brazos, ni piernas, ni siquiera un nombre. Desde hoy solo “la máquina del deseo”. Ella lo dejó tendido en la cama, abrió la ducha, se puso su mujer vestido y salió. Él apenas consciente, con el corazón bailando lentos, se regocijó en su propia sangre como si aquellos días hubieran sido los más felices de su vida.


Michi Love

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