Suena el timbre de un departamento en la Ciudad de
Buenos Aires. Su chirrido es como el sonido que da inicio a la libertad de los
chicos en el recreo de las escuelas. Una joven baja corriendo, una teta casi se
le escapa de su musculosa roja. Abre la puerta y sonríe. Es su madre, una mujer
canosa y robusta de unos 60 años, muy tímida que hasta le pide permiso a su
propia hija para pasar. La joven rubia y delgada la abraza fuerte y sube las
escaleras, deja un poco atrás a su madre que paso a paso mueve las florecitas
de su vestido rosa pastel. La joven abre la puerta y la deja entrar. En el
interior del departamento, dos valijas grandes de color azul aguardan en el
medio de la sala. La chica le agradece con un fuerte abrazo a su madre y baja
rápido con los bultos.
Sobre la vereda, la mayor de las mujeres ve como se
aleja el taxi poco a poco, llevándose en él un pedazo de su vida. Los autos
siguen pasando sin parar y un poco de agua le salpica las sandalias naranja, dejando
entrar un poco de agua sucia entre sus dedos. El portero las había observado y
lavaba el piso en ese momento, le ofreció un trapo para secarse. Ella lo
rechazó suavemente haciendo un gesto con sus manos y volvió sus ojos al
asfalto. El auto ya había desaparecido, suspiró unos segundos y entró al
edificio.
Ingresó al departamento, se quitó las sandalias
mojadas y caminó lento hasta la habitación de su hija dejando en cada paso el
peso de la rutina hogareña. Levantarse, hacer el desayuno para su marido,
acercarle el diario, ver si está bien abrigado antes de salir, limpiar la casa
antes de que llegue y volver a pensar una vez más, como las anteriores e
infinitas veces, qué mierda podrá cocinar.
La mujer llegó descalza a la habitación, abrió las
ventanas de par en par y sintió una bocanada de aire fresco, como si un espíritu
nuevo la invadiera. Extendió sus brazos y se dejó caer con su regordete cuerpo
sobre la cama. Miró el techo unos segundos como si la barrera de material
blanca no existiera y su mirada pudiera unirse con el infinito, más allá del
cemento con la paz que habita en algún lugar del universo. Sintió como el
corazón le latía fuerte, inspiró dejando entrar el perfume a incienso del
ambiente. Le esperaban unos días de tranquilidad y bellísima soledad cuidando
el departamento de su hija.
Mientras seguía recostada y en paz, escuchó en el
pasillo que alguien caminaba pero extasiada por la tranquilidad inaudita olvidó
rápidamente ese sonido y se deslizó hasta el baño. Abrió la ducha y mientras el
vapor comenzó a escaparse por la puerta, encendió el equipo de música. Justo
sonó una canción que le gustaba mucho, subió el volumen y dejó caer su ropa
sobre el piso. Se sumergió en la ducha como si el agua caliente la despojara de
toda preocupación marital u hogareña. Rodeada del vapor, se fue revitalizando,
cada pequeña gota caminaba por su cuerpo como hormiga y la temperatura del agua
la penetraba como hace mucho tiempo su marido no lo hacía. Mientras se secó,
sintió una gran curiosidad por los cajones de su hija, como si ellos fueran
cofres secretos que protegían preciados tesoros. Encontró, en el primero,
hermosa lencería erótica de colores lila pastel, muy sensual. En el segundo,
encontró algunas cremas que le sirvieron para frotar todo su cuerpo como si
estuviera en un SPA. En el tercero, muy al fondo del cajón, sus dedos chocaron
con algo blando, siliconado, largo y color piel. Lo puso sobre la mesa y pensó
que su tamaño no se parecía en nada al de su marido, lo sacó y guardó varias
veces, y finalmente, pensó: ¡¿Por qué no probarlo?!”. Pero no parecía muy
fácil, necesitaba algo para calmar las fieras injuriosas que habitaban en su
mente.
Dió algunos pasos hacia la heladera y al abrirla el
ruido del vidrio se golpeó como campanitas de ángeles que traían un milagro.
Eran tres botellas medianas de una cerveza mexicana que completaban ese bello
momento. Las abrió y se tomó dos de ellas sin pensarlo.
Seguido de ello, tres golpes secos se escucharon en la
puerta interrumpiendo este excepcional momento. La mujer asustada corrió al
cuarto de su hija por una bata. “¡Ya va!”, gritó nerviosa desde la habitación
como si estuviera cometiendo un delito. Vestida se agachó por la cerradura para
ver quién era. Solo veía pantalones marrones y piernas robustas del otro lado.
Una vos masculina le dijo: “-Señora soy el portero, abra la puerta.” La mujer
del otro lado intentó evadirlo con excusas pero el hombre insistía. Le decía
del otro lado, que su vecino de abajo le llamó con urgencia diciendo que “el
techo le llovía”. Ante la gravedad de la situación, la mujer no tuvo más
remedio que abrir la puerta. El portero pasó, se disculpó por las molestias y
se dirigió directo al baño que todavía humeaba. “Parece que se quebró la tina y
le pierde un poco al vecino de abajo, vamos a tener que llamar a un plomero
señora”. Ella no lo podía creer y se sentó indignada en el inodoro, vió como
los ruidos futuros de los trabajadores harían trisas su fugaz felicidad. El
hombre intentó consolarla con algunas palabras pero el perfume de la mujer lo
hipnotizó y no pudo evitar mirarle el pequeño espacio que separaba sus pechos
como si fuera una copa del más dulce néctar. La mujer lo notó y tapó
disimuladamente sus pechos, - ¿qué más quiere?- le dijo. El portero para ganar
tiempo le explicó que por la tarde para ese mismo día estaba programado un
corte de agua, le advertía para que junte la necesaria y que si necesitaba algo
no dudara en llamarlo. Mientras el portero le explicaba la situación, la mujer
lo agarró del brazo acompañándolo hasta la puerta para despedirlo. En el
trayecto atravesaron el living y allí el hombre divisó algo colorido sobre la
mesa que despertó inesperadamente su atención. La mujer se sonrojó y quedó
paralizada unos segundos. El hombre se quedó un instante en silencio y el
animal que todos llevamos dentro actuó. Tomó a la señora por la cintura y la
besó fogosamente. Ella intentó pegarle pero se dió cuenta que por primera vez,
después de mucho tiempo, tenía verdaderas ganas de coger, algo excitante que
casi había olvidado existía. El hombre le abrió la bata y recorrió su cuerpo
con las manos grandotas. Poco a poco la recostó sobre la mesa y con una de las
manos tomó el prominente objeto. Ella sentía que su cuerpo estaba sediento de
sexo y una ola de húmedo placer comenzó a resbalarse entre sus piernas ayudando
a que el extraño objeto la penetre una y otra vez hasta que ella llegó al
orgasmo. Pero el portero no estaba del todo satisfecho y aún quería más. Con
dificultad se sacó el pantalón arrimando su cuerpo sobre el de ella, preparando
el reemplazo del placebo que se aproximaba a su tupido objetivo. De repente, el ruido de las llaves en la
puerta y una voz que anticipaba: “¡Mamá abrime! ¡me olvidé los pasajes!. El
alargado objeto rodó por el suelo y con él la espada del portero se desplomó. Pero
nada le importaba a Elsa porque su cometido estaba hecho. Se sacó el portero de
encima como si nada hubiera pasado, esperó que se levantara los pantalones y le
abrió la puerta a su hija con una gran sonrisa diciendo: “Pasá hija ¡¿cómo
puede ser?! ¡Qué cosa che! Él ya se iba, me estaba ayudando con un problemita
en la cañería”.
Michi Love

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ResponderEliminar¡Es interesante lo que escribís!
ResponderEliminarPara mi gusto falta un poco de lenguaje poético cuando describes algunas situaciones o cuando describes algunos objetos
Te voy a dejar dos ejemplos que creó te pueden ayudar a visibilizar de lo que te digo
1) "justo sonó una canción que le gustaba mucho" (la radio tenuemente le permitía disfrutar una hermosa canción que le recordaba el tesoro divino de su juventud en la cual soltaba plenamente su voluntad de seducción)
2) "sus dedos chocaron con algo blando, siliconado, largo y color piel" (su delicada y curiosa mano se encontró pudorosa con un juguete sexual que la sumergió vivaz en una tibia y dulce encrucijada entre lo prohibido y el placer)
Espero que tomes este comentario de buena manera, obviamente te sobra buena imaginacion para crear y llevar el texto además de otras cualidades.
¡¡me gustaría escribir contigo!!
¡¡Saludos!!
¡Hola Javier! Muchísimas gracias por leerme y por tus comentarios, más que bien recibidos. Los tendré en cuenta para mis próximos textos ;) Dale, cuando quieras escribimos de forma colaborativa a ver qué sale de eso. Saludos
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