Emma le toca la pija a su marido por debajo de la mesa. Mueve su mano disimuladamente para recorrer la pierna de Don León, su actual marido. Su vestido negro con pintitas de color bordó y gris casi ni se mueve, parece como si se hubiera quedado congelada por unos segundos con una pequeña sonrisa pícara que crece, a pesar de sus anteojos culo de botella indicados para el estrabismo, que le tapan la mitad de la cara mientras intenta su travesura. Su mano temblorosa por el alcohol, regordeta y arrugada masajea suavemente su objetivo abultado. Don León abre grandes sus ojos, sorprendido, su cara pálida y arrugada de milico retirado se tiñe de rojo. Ni la calentura le afloja la rigidez. Mientras tanto, como si nada, alrededor de la mesa, cuatro mujercitas alborotan el comedor. Las dos más grandes, adolescentes, tararean una canción y comparten auriculares de un walkman para escucharla. Las más pequeñas, se tiran de los pelos por una muñeca rubia y esquelética que, por su tono de piel, parece un sorete fino y duro. Por el contrario, la madre de ellas está horrorizada al notar lo que hace la mujer mayor, sirve puré en cada plato para desviar la atención de las niñas, no vaya a ser que la esperen preguntas al llegar a casa. «¡Eso no se dice! ¡De eso no se habla!» eran las frases que mejor reflejaban la moral de esa época o, al menos, la de esa madre. Emma había adoptado a esta familia como propia tras conocer a María, la madre de las niñas, peleando por un turno en la salita del barrio. Aquel conjunto variado de féminas eran ahora su hija y nietas postizas.
Además de amante fogosa, Emma era una gran cocinera, se notaba que le gustaba mucho disfrutar de los placeres de la vida. Al costado de la mesa, en una de las paredes descascaradas colgaba un cuadro antiguo, enorme con un marco de madera tallada grueso que desentonaba en esa casa vieja de clase media baja del Barrio de San José, Temperley. Era una imagen de Emma, pero más joven, sin anteojos culo de botella, parada de perfil en una escalera de mármol, con una mirada desafiante y un vestido de cola verde que caía por los escalones. Lamentablemente su debilidad había sido siempre el alcohol y el juego, por ellos había perdido mucho. Quién diría que Emma Trufó terminaría en el conurbano almorzando como la nona postiza de ese malón.
Luego del pollo al horno con puré llegó el postre, panqueques aceitosos con dulce de leche, los preferidos de las chicas. Emma las quería mucho, pero no era del todo afectiva. De hecho, después de almorzar les regalaba algunos pesos y las invitaba tiernamente a ir a jugar al patio para que lxs adultxs pudieran charlar.
León se iba a dormir la siesta y las dos mujeres charlaban de cosas superfluas y María aprovechaba para intentar convencer a Emma de que fuera a la Asociación de Alcohólicos o Jugadores Anónimos, charla que la diva evadía ya que no le parecía un tema importante a tratar.
Cumplida la visita familiar, Emma era libre de vuelta, se pintaba las cejas de marrón, la boca de bordó, metía algunos billetes en su cartera de mano y se iba para el bar. La timba, el alcohol y los amigxs la esperaban. De Queruza, la cantina barrial, tenía aún puertas de vaivén de madera y vidrio, y Emma las atravesaba como vaquera en el oeste. Allí, casi siempre, se repetía el mismo paisaje, dos o tres ancianxs durmiendo sobre sus mesas con botellas vacías, algunas putas rondando la carne vieja y en el fondo la mesa de Emma, donde tres señoras de su alcurnia la esperaban para apostar largas horas jugando canasta.
Emma era habitué y tenía la mala costumbre de pedir fiado algunas copas por lo que, al llegar, lo primero que le decía el mozo era «La cuenta, Emma… el horno no está para bollos». Ese hombre hacía de mozo, encargado y patovica, pero el dueño, que nunca aparecía, le pagaba el sueldo de uno solo, el peor, el de mozo. No creo sea por la paga, pero la verdad siempre tenía el pelo tan sucio que parecía mojado, incluso desde lejos. Emma, que ya estaba acostumbrada a este calvario, lo ignoró haciéndose la sorda y fue directo a su mesa, la timba primero y, tal vez, con eso pudiera pagar su deuda atrasada, después.
Horas se pasaba el viejerío en el bar chupando y jugando cartas. Total, a esa edad, ya casi no hay hijxs que esperen ni desesperen por ellxs. El bar funcionaba casi como un geriátrico, depósito de ancianxs que les proveía a ellxs y a las familias algo de tranquilidad. Los viejxs encontraban ahí un lugar de encuentro dónde olvidar los dolores del cuerpo por un rato. Como era sabido, además de tomar, Emma adoraba jugar, era muy inteligente y, a veces, un poco tramposa. Pero su especialidad era el póker, juego que había aprendido con su anterior marido, Don Amor, quién había muerto hacía ya cinco años llevándose con él la poca prosperidad de su vida que ni el juego ni el alcohol le habían podido robar y, si bien, cobraba una pensión que le había dejado, eso y su jubilación ni se acercaban a un sueldo digno. El juego era para ella como un trabajo, creía falsamente que le permitía multiplicar los ingresos, y obviamente le divertía, pero en el fondo sabía que la timba y el alcohol eran como se decía en su época: «dos hermanas feas que nunca se iban a casar». Por eso, se adosaban a ella como escaras a pie de diabético carcomiendo de a poco todo cimiento.
Esa noche, que debió haber sido distinta, Emma perdió casi todo lo que había en su bolso, desplumando su cartera hasta el último centavo. Sus contrincantes como jauría de lobos hambrientos empezaron a reclamar el pago, pero Emma Trufó no se podía dejar amedrentar, así que revisó su cartera a ver si quedaba algo para calmar a las fieras. Encontró en el fondo una bolsita de plástico berreta con paquetes de pastillas y sobrecitos que el pide de al lado le había pedido el favor de cuidar hace ya varios días. Él había tenido por sorpresa un cateo policial y, como ella era su vecina aledaña, le había pedido una atención, a la que ella no se pudo negar, pero luego de eso desapareció. Emma era mayor, pero sabía bien para qué servía todo eso y sabía también que en el barrio se pagaba muy bien por esas cositas, así que se paró en el medio del bar y con algunas palmadas llamó la atención de todxs sus acreedores. En voz alta les prometió al resto de los gerontes que pagaría sus deudas con estos pequeños tesoros y los repartió. Les comentó lo bien que cotizaba en el barrio y que cada uno podría venderlos para recuperar la parte que les debía o bien, usarlos en beneficio propio. Así, les prometió a todxs el viaje de sus vidas y para dar el ejemplo, ella se tomó una pastillita de la bolsa con un vaso de ginebra, actitud que seguidamente todxs copiaron. Un poco después todo el viejerío, las putas y el mozo estaban metiéndose cuanta porquería encontraban, total, nadie tenía nada que perder en ese olvidado lugar. La música rápidamente empezó a subir su volumen, viejos y viejas bailaban (como podían) en el antro barrial sin cesar, algunxs se besaban y otrxs ya desnudxs habían empezado a coger arriba de las mesas o en el piso desatando tremenda orgía. Los pliegues descascarados se balanceaban unos sobre otros, peladas y tetas caídas chorreando transpiración por doquier, orificios humanos se llenaban de leche y de flujo y vaya a saber unx de cuántas cosas más. Aprovechando aquella enfiestada célebre y entre tantos harapos con olor a viejo, Emma tomó todo el dinero que pudo, agarró con una mano la botella de ginebra y con la frente en alto se marchó.

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