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Yo no soy Roberto

«Buenas tardes, Señor Roberto, lo estamos llamando del departamento de Cobranzas del Banco THEC para informarle que, debido a sus reiteradas ausencias de pago, estaremos procediendo a embargar sus bienes personales», repitió por teléfono una joven y acelerada voz de no más de veinticinco años, para la que ese era, seguramente, su primer trabajo. Del otro lado, un cuarentón entredormido la escuchaba desde su cama, cubierto por las sábanas de Star Wars, mientras se secaba el hilo de baba que colgaba de su boca. «Equivocado. Yo no soy Roberto…», balbuceó antes de cortar. Lanzó un manotazo para apoyar su celular en la mesa de luz donde lo esperaban su desodorante Axo Sensual -Levanta minas sin fallar- y la foto de su vieja. Se acomodó en la cama nuevamente hasta que recordó sobresaltado que hoy tenía que trabajar. Se levantó, corrió a la ducha y frotó su cuerpo con algo lleno de pendejos que parecía jabón, salió del agua, se secó y tomó del ropero, meticulosamente ordenado, un jean gastado y una remera de la película Good Fellas, el uniforme ideal para el videoclub. 

Todos los días laborables, Marcelo caminaba algunas cuadras de la casa familiar hasta su lugar de trabajo, parecía que algo no le permite salir del radio de quince cuadras del núcleo de poder (materno). Al llegar a la puerta, abría su pequeño templo de metal y esperaba, con su típica cara de culo, que los fanáticos (y los no tanto) lleguen. Las vidrieras estaban adornadas con largas telarañas oscuras que se mezclaban desde hace meses con el polvo; en el fondo, algunos títulos en VHS de culto se lograban ver acorralados por títulos comerciales que completaban las repisas dentro del local. También, a los costados del mostrador, había algunas pocas revistas de cómics en revisteros que estaban a la vista junto a unas figuras gigantes de cartón de actrices yanquis voluptuosas con salvavidas -a las que les dedicaba unas buenas pajas en los ratos libres-. Consideraba que esos objetos eran sublimes, pero al ver la selección de películas de mierda que hacía continuamente la mayoría de la gente, se daba cuenta que no los valoraban lo suficiente. Si querían una película de ciencia ficción, se llevaban Jumanji en vez de Alien, si querían una de romance, se llevaban Mujer bonita en lugar de Los puentes de Madison y así con miles de títulos gloriosos que quedaban relegados en el estante por contenido basura. Sin embargo, algunas pocas veces, llegaba algunx que otrx aficionadx del cine cómo él con quien podía tener charlas infinitas sobre el séptimo arte, pero como era un tanto competitivo, a veces también terminaba mal.

La pava desde el fondo del videoclub silbaba, Marcelo abandonó por un instante el mostrador para buscarla en la pequeña cocina del local, total «¿quién mierda iba a alquilar una película a las nueve y media de la mañana?», pensó. Ya con equipo de mate completo sobre el mostrador mientras ojeaba una revista porno, recordó que su vieja al despedirlo, le había pedido revisar la planilla de cuentas porque se aproximaba la fecha de pagos. Se trataba de una lista interminable de impuestos increíbles, solo posibles en países subdesarrollados y con altos niveles de corrupción, donde a los impuestos razonables (alquiler del local, gas, luz, municipal, agua) que intentaban contribuir a la equidad y justicia social, se le sumaban otros de no creer: monotributo, ingresos brutos, IVA, derecho de piso, impuesto al boludo y retención mensual al imbécil comerciante. Entonces, sacó del último cajón del mostrador un bibliorato marrón pesado con hojas amarillentas y, mate de por medio, fue revisando uno a uno los pagos anteriores y haciendo una lista con los pendientes, para no olvidar ninguno. Las cuentas eran impecables, este pequeño emprendimiento que jamás lo volvería rico era administrado contablemente por él de manera perfecta (para beneficio del estado y la fisco). Si hay algo para lo que le había servido la escuela secundaria contable carísima que pagaron sus padres, era para tener sus cuentas ordenadas. Incluso, muy de vez en cuando, cuando algún amigx le conseguía una cita con una mina, dividía los gastos al 50% con la máxima exactitud posible, actitud que, muchas veces, le costaba perder el polvo de esa noche. 

A pesar de esa tediosa tarea, parecía un día bueno para él. En ese pequeño templo de películas y comics, ahuyentando con su cara de culo a los pocos clientes que entraban, era feliz. La gente siempre volvía porque era el único videoclub en el barrio y, como él lo sabía, no hacía mucho esfuerzo por retenerlos. Pero sus maravillosos días no iban a seguir así, al menos no por mucho tiempo.

Una de esas tantas mañanas en la que abría las puertas de su segundo hogar, una camioneta negra frenó delante del local y dos tipos grandotes con pinta de patovicas se bajaron de ella.

Los dos hombres regordetes lo saludaron fríamente, uno de ellos apoyó un papel membretado sobre el mostrador y comenzaron a llevarse cuanta cosa pudieron. Marcelo divisó que el pedazo de papel se titulaba «Orden de embargo» e intentó explicarle a los dos grandotes mientras se llevaban a sus chicas de cartón, que debía tratarse de un error, que él jamás había tenido deudas y que sus gastos estaban al día. Uno de los muchachos de la empresa de confiscación de bienes le explicó que él solo seguía órdenes, que no lo podía ayudar y que si tenía alguna duda podía llamar al teléfono que figuraba en el dorso de la nota. Marcelo no estaba muy en forma como para recurrir a la violencia (como en alguna de sus películas) así que recuperó la nota y empezó a discar desesperado, pero la línea estaba llena de opciones múltiples y parecía casi imposible que algún ser humanx lx atienda. Mientras tanto, en la vereda del local, la chusma del barrio no dudó en acercarse y desde el interior se escuchaban los cuchicheos: «Es el hijo de la Susi, parece lo embargaron por deudas. ¡Qué vergüenza! Un chico grande…».

En menos de dos horas, el local quedó vacío. Al verlo, Marcelo se derrumbó sobre la silla, que fue lo único que le dejaron, y lloró largo rato indignado. Desde afuera, lxs vecinxs apoyaban la ñata sobre el vidrio para ver lo desierto que había quedado su bellísimo nirvana, casi tanto como el mismísimo Atacama. «Adiós películas de culto, adiós, Pamela Anderson, chau paja sagrada de las tres y media de la tarde», se despidió en su mente.  Se aterrorizaba de solo pensar que nadie estaría cuidando de esos maravillosos objetos como él. El solo imaginarlos en algún galpón enorme y sucio al lado de cajas de televisores, lo deprimía. No podía ser verdad, sus tesoros al lado de pantallas bobas y vacías que seguramente algún pelandrún compró para ver el mundial y con la inflación de locxs del país, no pudo pagar. 

Sobre el piso, boca arriba, la nota de embargo era su única compañía, la observó perdido unos segundos, pero algo que no notó la primera vez le llamó la atención. La nota estaba a nombre de un tal «Roberto», rápidamente la tomó entre sus dedos y volvió a leer: «Estimado Roberto». Se levantó de alegría y reintentó en las líneas telefónicas del infierno algún contacto para resolver el problema y poder recuperar su tan preciado tesoro. Sin embargo, las operadoras le explicaban que con su DNI solo figura Roberto, no Marcelo, y que, ante esa situación, debía dirigirse personalmente a las oficinas del estudio con documentación respaldatoria para probar el error. Exasperado por toda la situación, Marcelo levantó un poco la voz diciendo: «¡Yo no soy Roberto! ¿Entendés?». La joven intentó calmarlo y repitió como una máquina la misma solución que le había brindado anteriormente por lo que el muchacho indignado aceptó la oferta y colgó.

Marcelo llegó agotado a la casa materna y le vomitó todo lo sucedido a la vieja como si fuera un nene de seis años. Claramente, como una madre preocupada, solo pudo ponerse a favor de su «hijito» sin cuestionar nada. Por lo que ella misma buscó cuánta documentación había en la casa que pudiera probar que su hijo se llamaba Marcelo y no, Roberto. La mujer, era ama de casa así que no incumplía ningún compromiso previo ayudando a su hijo, salvo cocinarle a su marido jubilado, pero como él sufría una parálisis de casi un setenta por ciento, debido a una tonta caída que tuvo hace unos años, no iba a reclamar mucho.

Con certificado de nacimiento, carta de vacunas, título del secundario y fotos varias, desde que se le cayó el pupo hasta que terminó el instituto, la madre y su hijo se presentaron en el estudio, que extrañamente se llamaba Karanch-Ous. El hall de entradas era más parecido a un hospital público de pueblo que a una oficina comercial del centro, estaba repleto de personas un tanto sucias y desalineadas con número en mano esperando a ser atendidas. Cuando al fin les llegó el turno, luego de dos horas, la pantalla central les mostró el número de escritorio, en el que una joven corpulenta con las uñas larguísimas, muy entretenida hablando con su compañera de al lado, lxs esperaba. La chica con molestia les preguntó: «¿Y bien? ¿En qué los puedo ayudar?». La madre de Marcelo inició una catarata de palabras ininterrumpida sin dejar espacio a que el pibe pudiera hablar. La joven sin mucho tacto, la interrumpió y le indicó que debía dirigirse de martes a jueves de siete a trece horas a la oficina de Fraudes en el piso cuarto, que ella solo se ocupaba de temas comerciales y pagos. Marcelo agotado tomó a su madre de un brazo mientras se quejaba por hacerle perder tiempo, ya que era lunes, y volvieron al día siguiente a la supuesta oficina. Esta quedaba al final de un largo pasillo, peor que el hall principal, donde lxs esperaba la puerta de la sección de Fraudes. Golpearon varias veces hasta que un hombre de unos sesenta años con el pelo grasiento y acomodándose los pantalones, los invitó a pasar. Era una oficina pequeña sin ventanas con muchas cajoneras numeradas en la que solo cabían ellxs tres. «Mucho gusto, soy el Inspector de Fraudes ¿en qué les puedo servir?», les dijo. Marcelo ya muy nervioso y cansado explicó, por tercera vez, que alguien había usado su DNI y foto para tomar diversos préstamos y como lo asociaban con su persona le había embargado por error todo lo que poseía en su amado negocio, el videoclub. El mayor de los hombres escuchaba atentamente el relato, observaba con detalle a Marcelo y a la documentación que ellxs habían traído. Tomó su computadora e ingresó algunos datos, parecía verificar la información para corroborar lo sucedido. Entraba y salía en distintos sistemas cuando de repente unos gemidos femeninos se oyeron de los parlantes que el hombre nervioso rápidamente pausó. «Disculpen, son muchas horas encerrado y hay que pasar el rato», dijo con una sonrisa pícara mientras minimizaba una ventana en su monitor. 

«Marcelo, esto parece ser un claro fraude de usurpación de identidad. Vamos a realizar algunas averiguaciones más para terminar de confirmar el hecho. ¿Usted tiene enemigos? ¿Conoce a alguien que pudiera hacerle esto?», le dijo el encargado sobre el tema. El cuarentón lo pensó por un momento, pero no, como no tenía muchos amigxs menos aún enemigxs y respondió negando con su cabeza. «Vamos a pedir los legajos de las empresas dónde sacó los préstamos esta persona para ver si en la documentación que presentó para solicitarlos podemos descubrir algún dato más que la identifique. Si todo sale bien, en menos de un mes tendría sus bienes personales de vuelta», le explicó el empleado. Marcelo suspiró profundamente, no podía creer que estaba cerca de recuperar todos sus tesoros. Sin embargo, su madre parecía bastante desconfiada e intranquila con el hecho de que hubiera una persona por ahí utilizando los datos de su hijo y manche el honor y la conducta de su familia.

Al regresar a la casa familiar, el padre lxs esperaba a ambxs frente a la ventana con su silla de ruedas cerca de la puerta de entrada, intentaba con alaridos monosilábicos preguntarles cómo les había ido. Marcelo sin explicar mucho, le dio un beso en la frente y el viejo rápidamente giró la cabeza con desprecio diciendo «Bo-lo-do». Ambxs lo ignoraron y se dirigieron a la cocina. La madre resolvía todos los problemas con comida, pensaba que llenándole la boca a su familia era la única forma de tener algo de calma en el hogar.

Siete días después, el teléfono celular de Marcelo sonó, era el empleado de la famosa oficina de Fraudes confirmando la usurpación de identidad y, además, le contaba que encontraron la foto del DNI presentado en cada transacción donde no coincidía con la suya por lo que le enviarían una copia por fax para verificar si era alguna persona que conociera. Habiendo confirmado esto le indicaba que en los próximos días le estarían devolviendo sus objetos personales. Marcelo estaba feliz, agotado, pero feliz de saber que su vida iba a volver a ser como antes, en su templo con sus películas, su paja sagrada y sus indeseables clientes. Pero algo de curiosidad le picaba, así que le brindó el número de fax de un locutorio cercano y se dirigió allá para descubrir la cara de su usurpador. Mientras caminaba por el barrio en dirección al local, que no quedaba a más de una cuadra, se cruzó con su viejo que volvía muy acelerado en la dirección opuesta refunfuñando con su silla. Una vez más, al verlo, le balbuceó la palabra «Bo-lo-do», pero Marcelo acostumbrado no le dio importancia y aceleró el paso para conocer la foto de su enemigo. Al llegar al locutorio, unas campanitas sobre la puerta anunciaron su llegada. Una joven empleada llena de piercings, blanca pálida, vestida de negro y con los pelos teñidos de lila, lo esperaba en el mostrador. Un tema de una banda de new metal, se escuchaba en una vieja radio con antena del local. Marcelo atraído por la joven se paralizó un rato, hasta que recordó que estaba por develar un importante misterio, por lo cual, la paja podía esperar. Reaccionó rápidamente y le explicó a la joven que aguardaba el envío de un fax, ella se giró hacia la máquina en cuestión y verificó que había un papel en la bandeja, lo miró unos instantes, se sorprendió con la foto como si viera a alguien familiar, pero no le dio importancia y se lo entregó al cuarentón. Marcelo le pagó por el servicio y tomó la hoja, observó que la imagen era un rostro que él conocía desde hace ya muchos años, pero no comprendía la situación. La piba le dijo «¿Lo conocés? Ese señor viene hace varios meses, me pide ayuda siempre para sacar unos créditos por teléfono. En su estado… es increíble en lo que gasta la plata… ¿Sabés lo que me dijo? ¡Que como tiene un hijo muy cómodo y boludo, él quiere aprovechar la vida que le queda tomando riesgos… divirtiéndose, cogiéndose putas, trolos y travas!».

Michi Love

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