Ella nació entre cuatro ninfas delicadas que nada entendían del mundo. Su madre no fue la diferencia, Marta era su nombre. Un poco conservadora, mujer machista si la hay, pero también amorosa, humilde y muy trabajadora. Se casó con Mario a los diecisiete años, como quería su madre, y como no podía ser de otra forma, tuvo muchos hijos. Cinco mujeres, cuatro ninfas y una mujer “monstruo”.
María, nuestra protagonista, desde la infancia miraba el mundo con recelo. Mientras sus compañerxs de jardín pegaban con alegría sus nombres en muñecos imantados, rosados y celestes, sobre una pizarra de metal, ella pensaba en el modo de sacar los tornillos que la sostenían para pintar de mil colores los benditos muñecos. Le molestaba la idea de llegar a ese lugar cerrado con seres falsamente felices que colocaban aquello asignado como “nombre” en monigotes sin cara y de solo dos colores. Así nació su malestar, su cuestionamiento incesante y su obstinado modo de ver las cosas.
Cambiaba de lugar las sillas mientras todos dormían la siesta, pintaba los guardapolvos de sus compañerxs para que no todxs fueran de la salita verde, cambiaba las etiquetas de los nombres para que cada unx se llamara como quisiera y escondía las tizas para no recibir indicaciones.
Con estos eventos, que sucedían con frecuencia, la nena no pasaba inadvertida. Susana su maestra, había notado a través de sus rabiosos dibujitos que ella era “diferente”. Ya estaba acostumbrada a que una vez por semana tenía que llamar a sus padres para reportar que la nena estaba suspendida o que había hecho alguna insurrecta travesura. Pero el sueldo era poco así que no se hacía mucho problema, les ponía a lxs chicxs alguna tarea como hacer sellos con restos de papa y la encerraba a la nena en el baño. Total, de tres a cuatro de la tarde, las porteras miraban la novela y nadie notaba que faltaba un pibe.
Sin embargo, hubo una vez que superó todos los límites y fue contra aquello que llamaban “recreo”. No entendía cómo, de las cinco horas de supuesto aprendizaje, solo veinte minutos podían estar dedicados a la distención y que esta práctica del descanso solo podía ser llevaba a cabo en un arenero con juegos fijos de caño y rodeados de rejas. Como expresión de su fastidio, una tarde, minutos antes de las cinco, se alejó del grupo, hizo mucha fuerza y cuando todxs se preocupaban por formar una fila respetando distancia, empavonó con su caca el pasamanos, las mesas, las sillas, las paredes de la salita y, en especial, las manos de la directora, que al notar su ausencia fue a buscarla para que se reincorporara a la línea recta con los demás soldaditxs. Era chica, pero ya tenía claro que la señora de paso firme y voz aguda era símbolo de autoridad en ese loco lugar. La mujer no podía creer el olor y la cantidad de caca que podía hacer una nena tan chiquita, y confirmó para sí misma que, claramente, debió haber elegido otra carrera, una en la que no tuviera que bancarse a estxs niñxs de mierda.
La maestra resignada llevó a María arrastrada a la secretaría y la sentó en una silla… sí, a pesar de las circunstancias. Solo las separaba una mesa vieja de madera. Apretaba con bronca los botones blancos del teléfono rojo para llamar a su familia y así la vinieran a buscar. Desde el otro lado, la nena la miraba con furia, casi con el mismo hambre que los animales del zoológico miran a lxs visitantes. El oído de Susana estaba pegado al tubo, balbuceaba y le explicaba la situación a la madre, cuando el sonido titilante del tono cesó. Susana buscó a la nena con su mirada, pero ella ya no estaba sobre la silla. De repente un gran dolor le paralizó el pie... y la pequeña sobre el piso, como si estuviera rabiosa, escupió sobre su cara, arrojó el cable del teléfono y terminó de hundir una chinche azul sobre su dedo gordo del pie. Si no hubiera sido por la portera, Magda, que vio de paso la situación y agarró rápidamente a María del suelo, todo habría terminado peor. Magda tenía unas enormes tetas como las de su madre y eran un refugio conocido para la pequeña. A diario, cuando su mamá la dejaba en el jardín para ir a laburar, se quedaba un rato largo llorando a gritos detrás del vidrio esmerilado mientras la figura materna desaparecía. La nena encontraba en las tetotas de Magda la calma, un placebo, como si fueran un enorme abrazo, el abrazo infinito de su madre que, como todos los días, el sistema le robaba.

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