Ella se dirigió a la
puerta plegable del viejo ascensor, la abrió y subió hasta el octavo piso.
Durante el ascenso disfrutó con la cabeza baja el aroma de su plato, su
cabellera rubia y lánguida caía cubriendo su rostro de mina amargada.
El frenar repentino del
ascensor le sacudió el cuerpo. Salió de la añejada caja de metal y caminó por
un oscuro pasillo hasta llegar a la puerta de su departamento. Puso las llaves
en la cerradura y la giró hasta que hizo tope. Con su cuerpo empujó la puerta y
entró. Nadie la esperaba, solo el silencio y el calor de su comida.
Prendió la tele, empezó a
hacer zapping para poder encontrar el programa de Mirtha Legrand. Mientras los
canales pasaban uno tras otro, se sacó el sostén que la ahogaba, devoró su
plato y se tomó unas copas de vino. También recordó su película favorita «Los puentes de madison» y lloró un poco. Ella le recordaba a Chelo, un
viejo pero intenso amor que no pudo ser.
Finalmente, la pantalla
le mostró la estrella de colores de canal trece, donde se veía la gran mesa
adornada, los invitados top, pero la vieja no estaba. En su lugar una
pendeja con vos de pito que tenía la sonrisa tatuada como si fuera una azafata.
La vieja se empezó a desesperar y sentía un temblor por todo el cuerpo, el
ataque obsesivo por la rubia arrugada se había despertado. Llamó al canal
desesperada, la música de espera parecía eterna y como era domingo magoya la iba
a atender. Caminó frenética por el living de su casa, se fumó un pucho, pensó
en llamar a Marga, su vecina de Palermo, pero se acordó que hoy cenaba con su
archi enemiga, Sara. Una vieja concheta de Recoleta que tenía veinte nietos y
una momia por marido, pero que estaba forrado en guita y que la llevaba de
vacaciones a Miami dos veces al año.
En la angustia, ansiosa y
amargada por no poder ver a su ídola platinada, llamó devuelta al mismo
delivery y pidió al menos tres platos distintos. La angustia era inmensa, el
vino no alcanzaba, pero la comida… seguro la calmaba.
Luego de cuarenta minutos
el timbre sonó, el pibe del delivery la esperaba abajo, otra vez. «¡Hola señora! le
traigo su pedido», le dijo a través
del portero. Bajó desesperada y, en el apuro, olvidó ponerse el corpiño. Cuando
le abrió la puerta al pendejo, él no paraba de mirarle los timbres duros y
erectos que se le marcaban debajo de la camisola floreada y desteñida que
adornaban sus dos pechos grandes y caídos. Ella le robó el paquete de las manos
como si fuera merca y el pibe sin soltarlo, deslizó los dedos por sus tetas. La
setentona sorprendida apretó el paquete y algo que no usaba hace mucho se
despertó entre sus piernas.
Subió con comida y
pendejo al octavo, apretando en el ascensor como quinceañera. El pibe estaba
como pulpo loco, por suerte era su último pedido y la bici estaba hecha mierda,
ni para un linyera servía. Aprovechando el momento, el nene metía mano por
todos lados y ella, que casi había olvidado que tenía cuerpo además de ojos,
jadeaba y gemía como loca.

👏👏👏👏 muy bueno Michi Love!!! Me sentí muy identificado con la Sra.!!! 😝😝😝
ResponderEliminarmuchas gracias!! que los disfruten! :)
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