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Delivery



«Ciento setenta pesos mamita», le dijo el pibe entregándole el paquete. La mujer de setenta años agarró con sus manos la cena envuelta que le trajo ese proyecto de hombre. Sacó de su bolsillo trasero doscientos pesos y se lo dio, «quedate con el vuelto nene», le dijo ella mientras cerraba la puerta. El pibe tomó la bici que hacía de moto y se fue feliz con los treinta pesos.

Ella se dirigió a la puerta plegable del viejo ascensor, la abrió y subió hasta el octavo piso. Durante el ascenso disfrutó con la cabeza baja el aroma de su plato, su cabellera rubia y lánguida caía cubriendo su rostro de mina amargada.

El frenar repentino del ascensor le sacudió el cuerpo. Salió de la añejada caja de metal y caminó por un oscuro pasillo hasta llegar a la puerta de su departamento. Puso las llaves en la cerradura y la giró hasta que hizo tope. Con su cuerpo empujó la puerta y entró. Nadie la esperaba, solo el silencio y el calor de su comida.

Prendió la tele, empezó a hacer zapping para poder encontrar el programa de Mirtha Legrand. Mientras los canales pasaban uno tras otro, se sacó el sostén que la ahogaba, devoró su plato y se tomó unas copas de vino. También recordó su película favorita «Los puentes de madison» y lloró un poco. Ella le recordaba a Chelo, un viejo pero intenso amor que no pudo ser.

Finalmente, la pantalla le mostró la estrella de colores de canal trece, donde se veía la gran mesa adornada, los invitados top, pero la vieja no estaba. En su lugar una pendeja con vos de pito que tenía la sonrisa tatuada como si fuera una azafata. La vieja se empezó a desesperar y sentía un temblor por todo el cuerpo, el ataque obsesivo por la rubia arrugada se había despertado. Llamó al canal desesperada, la música de espera parecía eterna y como era domingo magoya la iba a atender. Caminó frenética por el living de su casa, se fumó un pucho, pensó en llamar a Marga, su vecina de Palermo, pero se acordó que hoy cenaba con su archi enemiga, Sara. Una vieja concheta de Recoleta que tenía veinte nietos y una momia por marido, pero que estaba forrado en guita y que la llevaba de vacaciones a Miami dos veces al año.

En la angustia, ansiosa y amargada por no poder ver a su ídola platinada, llamó devuelta al mismo delivery y pidió al menos tres platos distintos. La angustia era inmensa, el vino no alcanzaba, pero la comida… seguro la calmaba.

Luego de cuarenta minutos el timbre sonó, el pibe del delivery la esperaba abajo, otra vez.  «¡Hola señora! le traigo su pedido», le dijo a través del portero. Bajó desesperada y, en el apuro, olvidó ponerse el corpiño. Cuando le abrió la puerta al pendejo, él no paraba de mirarle los timbres duros y erectos que se le marcaban debajo de la camisola floreada y desteñida que adornaban sus dos pechos grandes y caídos. Ella le robó el paquete de las manos como si fuera merca y el pibe sin soltarlo, deslizó los dedos por sus tetas. La setentona sorprendida apretó el paquete y algo que no usaba hace mucho se despertó entre sus piernas.

Subió con comida y pendejo al octavo, apretando en el ascensor como quinceañera. El pibe estaba como pulpo loco, por suerte era su último pedido y la bici estaba hecha mierda, ni para un linyera servía. Aprovechando el momento, el nene metía mano por todos lados y ella, que casi había olvidado que tenía cuerpo además de ojos, jadeaba y gemía como loca.

Cuando llegaron al departamento, el pibe le dio murra hasta la mañana, se llevó de souvenir algunas cositas, pero a ella no le importó, por primera vez, en tantas noches, se olvidó de su obsesión por Mirtha.

Michi Love

Comentarios

  1. 👏👏👏👏 muy bueno Michi Love!!! Me sentí muy identificado con la Sra.!!! 😝😝😝

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