Una mala noche, de esas en las que todo sale mal.
Caminó por la calle empedrada muy cerca de las 12 h, ni un alma y ella vestida
para matar. Llegaba tarde a la primera cita, con un taco roto y casi descalza.
Muerta de miedo, nervios y con ganas de gustar.
Dió vuelta a
la esquina acomodándose el pelo y un borracho que casi se la lleva
puesta, le escupió una guasada que algunas personas considerarían “piropo”.
Caminó más rápido como si tuviera una pierna más corta que la otra, producto de
la rotura del taco en una calle empedrada. Mientras aceleraba el paso, sacó un
espejito de su cartera para revisar su maquillaje pero ya era tarde, se le
derretía en la cara por el calor de la noche.
Antes de llegar a la otra esquina, un pedazo de
mierda se le hizo zapato. Puteó un rato largo y miró al cielo con resignación.
Su cita a ciegas capaz ya se habría ido. “Un problema a la vez”, pensó. Y metió
el pie embadurnado con caca sobre el agua marrón de la zanja. Después, se
refregó la planta del pie sobre el pasto para sacarse un poco del empaste
aprovechando que nadie la veía. Caminó unos pasos con el zapato en la mano, se
sentó en la vereda de un local cerrado y chequeando que ningún punga anduviera
cerca, sacó el celular. Le escribió un mensaje al posible polvo de esa noche y
le avisó que llegaba tarde pero él nunca respondió. Impulsada por la
desesperación, se levantó rápido y empezó a caminar como si tuviera un cohete
en el orto, su calentura no le permitía perder una posible noche de sexo. Hacía
ya casi un año que no estaba con ningún hombre, no iba a muchas citas y las que
había tenido no habían sido muy exitosas.
Mientras caminaba se acomodó el pelo, se tocó las
mejillas maquillándose con mugre sin querer la cara y movió sus piernas lo más
rápido que pudo. Ya en camino, imaginó que el pibe que la esperaba, si es que
aún seguía ahí, era amable y tenía la pija grande. Eso solo le generó como un
fuego en la cajeta que le mojó rápidamente la bombacha que llevaba puesta.
Ya estaba a una cuadra del lugar de encuentro. Se
veían a lo lejos, por fin las luces del bar dónde debía estar el susodicho. A
200 metros de ella, sobre la vereda, un bulto humano desparramado en el suelo
desvió su mirada por unos segundos. Era una mujer gorda que vivía en la calle,
que estaba tirada con su colchón sucio en el piso, mendigando. Cuando finalmente
estuvo frente a ella, la linyera le dijo: “¿amiga no te sobra una moneda? la
noche está linda pa tomar una birra ¿no?”. Con el apuro y por miedo, trató de
ignorarla y de agilizar el paso, pero por una pisca de curiosidad la miró a la
cara. Algo en su mirada le produjo una extraña electricidad que recorrió su
cuerpo. La linyera estaba buenísima, era una regordeta hermosa como una
cantante de ópera pero sucia como un ciruja que acumuló toda la mugre de la
ciudad sobre su propio cuerpo y permaneció allí durante años. La mujer de la
calle se levantó agresiva, pensó que su mirada era solo un poco más de
desprecio social y tomó a la chica por el cuello. La empujó sobre la pared más
cercana pero la piba estaba en estado de shock, dócil y extrañamente excitada…
“¿qué miras pendeja? ¿te gusto?”, le dijo. La chica increíblemente estimulada
por la ciruja le dijo que sí con la cabeza y se quedó expectante. Ninguna de
las dos podía creer lo que estaba sucediendo.
Sorprendida la linyera, y ante tanta soledad, se
calentó con lo exótico de la situación y se entregó a sus fantasías de lleno
pasándole la lengua por la cara. Las mujeres se encontraron una a la otra perdidas
en su placer, solas en la calle pero cubiertas por la oscuridad de la noche y en la
desesperación del deseo explotaron sus cuerpos de todas las formas posibles
hasta que la transpiración dejó de brotar por sus poros y llegó el sueño.
Al amanecer, la piba se levantó del colchón de la
ciruja más feliz que nunca. Esa concha había sido mejor que decenas de pijas
olvidables que sucedieron en una de las tantas malas noches.
Michi Love

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