“Soy Nicolás tengo 18 años, mi pija mide 22 x 6”
fueron las primeras palabras que dijo a cámara mientras lo filmaban. Era
inexperto y canchero, pensó que le iban a chupar la pija y chau. Pero, no fue
así.
Después de la entrevista, el productor le manoteó el
bulto y, aunque se incomodó, no le desagradó. Él siempre creyó que era el más
capito del barrio, siempre activo, pero esta vez, entre esas cuatro paredes, el
culo se le dilató a él, tal vez por morbo, curiosidad y desesperación.
“¡Quedate nene, vamos a filmar!”, le propuso el hombre y el pibe sin poder
creerlo ni dudarlo, en porno star se convirtió.
Había llegado a esa oficina roñosa de un 7mo piso en
Corrientes y Callao para un “casting”, luego de ver en la web un aviso pequeño
pero prometedor. Estaba convencido de que iba ser algo más en su vida que un
rati o un chorro. Que con esa pija grande iba a brillar e iba a tener una “porno
life”. Tal vez, esta podía ser su oportunidad.
Sus amigos del barrio, un par de veces, lo habían
cagado a trompadas por sus pretensiones. Allí la esperanza salía cara, y bue…
también recibía golpes por soplarles alguna que otra mina. Pero a él, no le
importaba nada, sabía que tenía la pija grande y que con ella iba a salir del
barrio.
Ese barrio oscuro, de inundaciones constantes, de árboles
secos y podridos, producto de las napas siempre húmedas y de las olvidadas
promesas de muchos políticos. Un lugar perdido en el conurbano, como muchos
otros, lleno de calles de ruedas quemadas, de autos desarmados y de familias de
mil hijos.
Él soñaba con coger todos los días y tener una
mansión, como esas de la tele, que solo se ven en las películas yankees, una
mansión como la de “Playboy”. Y hoy estaba ahí, en algo que parecía ser un set
de filmación donde le pagarían por grabarlo mientras se hacía una paja.
Mientras tanto, en su casa, su vieja lo esperaba en
la vereda mezclada con la mugre y la nocturnidad. Siempre que el pibe tenía una
entrevista de trabajo, ella repetía este ritual. La mujer soñaba que él conseguiría
un buen trabajo en alguna empresa seria del Centro, que con eso aparecería
también una buena novia, una que lo encausara, que lo empujara a recibirse de
pastelero y lo convenciera de trabajar con el Titi, su primo, en la panadería. Pero
él tenía otros sueños, si hubiera sabido lo que le esperaba, hasta le hubiera
lavado las bolas al Titi.
Una vez que terminó la filmación, el cámara le preguntó
si le había gustado filmar y le adelantó que la próxima vez seguro iba a ser con
alguien. El productor se acercó y le pidió que lo esperara, que le iban a
garpar. El pibe no lo podía creer, ya se imaginaba que su pija se vería en
Holanda, en Estados Unidos y vaya a saber uno donde puta más. Mientras el hombre se perdió
en un largo pasillo, él no tuvo mejor idea que caminar por ahí.
El piso siete tenía las paredes pintadas de verde, la
pintura se descascaraba por la humedad y una lamparita de luz apenas colgaba a
través de un cable en el techo. En el pasillo había seis puertas, tres de cada
lado, pero de una de ellas emanaba una luz rojiza intermitente por debajo,
además de un olor rancio.
El productor apareció de la nada, lo agarró del
cuello y lo llevó a la sala. “¿Qué haces pibe? Dejá que están laburando”, le
dijo. El chico sorprendido, se acomodó el pantalón, agarró la plata y se
preparó para irse.
Salió del estudio, caminó hasta el ascensor y cuando
estaba tocando el botón, el camarógrafo apareció atrás de una puerta y le
preguntó si se quería ganar unos mangos más. A lo que él aceptó. Entró
nuevamente y lo llevó a otro cuarto de grabación con música sensual y una luz
muy fuerte que rápidamente lo alumbró encandilándolo. El pibe, no pareció
preocuparse, se sintió como Rocco Siffredi y se empezó a desnudar. Pronto aparecieron
dos minones increíbles con unos accesorios en las manos que no podía distinguir
bien por lo que simplemente se dejó llevar.
Solo escuchó la voz del cámara que le decía: “¡Relajate nene, así se va a dilatar más”. Sus ojos se abrieron de repente pero las
minas lo manosearon un poco y le dieron algo de tomar. Se lo tragó de un saque,
se hizo más el capanga y se dejó juguetear. Pensaba que por fin había logrado
su sueño, enfiestarse con conejitas de “Playboy”, aunque baqueteadas y
grandecitas, en una fina alfombra acebrada con suaves almohadones.
Mientras las minas lo toqueteaban, un negro azulado,
con una pija de 30 x 6 apareció en escena. Las dos mujeres rápidamente
desaparecieron y se vió solo en el estudio con el negro y su anaconda ansiosa
por comerse un pajarito.
Rápidamente se levantó y semidesnudo le dijo al
hombre de ébano: “¡Pará macho, pará.. esto no era lo que yo pensaba!”. El negro
de un manotazo lo tomo por el cuello, puso su mejilla contra la alfombra y le
dejó el orto mirando el cielo. Y allí, sin dudarlo, y con un poco de vaselina
en pomo, que sacó de su bolsillo, le metió su pija hasta el fondo.
El pibe no entendía nada y se quedó como muerto por
un rato, tratando de abstraerse de su realidad, mientras el negro se zarandeaba.
Cuando todo terminó, sintió como su alma volvía al cuerpo y allí paralizado
solo pensó una cosa, un nuevo objetivo. Como dice el GPS “recalculando”.
El negro se paró para vestirse y él lo imitó en
silencio. Listo para irse, el camarógrafo se le acercó, le dió un fajo grande
de plata y, como si fuera un pañuelo, el pibe se lo metió en el bolsillo y
salió.
Caminó adolorido largo rato por Corrientes, muchas
personas lo cruzaban a los lados como pasan los árboles cuando se va en auto
por la ruta. No miró un solo semáforo, cruzó y siguió a la masa, como si todos
ellos se dirigieran hoy, como él, a cambiar sus vidas.
Delante de un edificio moderno y vidriado con un
cartel inmenso que decía: “Escuela Profesional
de Pastelería”, frenó sus pasos. Entró despacio en el hall y dirigió sus
pies a la oficina de inscripción. Paró delante del mostrador y antes de que
pudieran atenderlo, pensó: “y... la panadería del Titi no debe estar tan mal”.
Michi Love

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