Ir al contenido principal

La Cenicienta de Barracas

Nací en el barrio de Barracas, en el vértice, en el límite de capital y provincia, muy cerca de la mugre del riachuelo. Vivía con mis tres hermanastras que aunque eran igual de miserables que yo, querían cagar más alto que el culo. Siempre me usaban de mula y aunque mi disgusto era enorme tenía que actuar, hacer de hermano marica que les hace de psicólogo, peluquero y asesor de imagen. Para peor mi padre había muerto y me había dejado con mi “muy adorada” madrastra: Elba, que además venía con sus zánganas crías de 19, 27 y 40 años. Pero no todo era sufrimiento, a veces aprovechaba que ellas se tragaban el verso de la “buena hermanita” y les teñía el pelo con caca, les hacía baños de pie con agua, sal y un poquito de meo. Y eso no era todo... por la mañanas, muy temprano, acontecía lo más lindo de mis días… pasaba el camión de la basura y ahí, como si fuera una carroza de carnaval brasilero, montado en ella estaba Pedro, el padre de mis futuros hijos. Él era un morocho grandote, macizo, robusto y para mi suerte usaba unas remeras medio cortas y los pantalones bajo cintura. Oh que imagen gloriosa me regalaba todas las mañanas. Esa panza imperfecta semi peluda que anticipaba una maravilla abultada debajo de sus pantalones. Pero lamentablemente no era la única interesada en ese premio, también se sumaban a la fila la gorda de mi madrecita y sus tiernas niñas. Para peor, la vieja desesperada lo esperaba en la vereda todas las mañanas con su bata entreabierta, claro, siempre  después de desayunarse un tintito. Y sus hijitas, que no se quedaban atrás, le gritaban guarangadas irreproducibles desde la ventana. Y la lista de interesadas seguía, también estaban las demás vecinas del barrio, en su mayoría mujeres casadas de entre 30 y 60 años con más de cinco hijos cada una y muchas ganas de renovar el progenitor de sus futuros pibitos.
Ante tanta oferta, me decidí una tarde a pelear por mi hombre, tenía que ser mío. Entonces, busqué mi mejor tanguita, la perfumé con mi fragancia preferida “Pasión salvaje” y la envolví para regalo con una cartita que decía: “Esto es propiedad de Pedro… con todo lo que viene adentro.”, firma: “Su futura esposa, la que le va a dar mil hijxs”. Al día siguiente, me levanté 15 minutos antes de las 7 de la mañana y me dirigí a la vereda para dejar el paquete. Pero, lo que no sabía, es que mi mamita, Elba, me observaba tambaleando en la puerta de nuestra casucha. La desgraciada no dudó en avisar a mis hermanas y juntas, sin que yo me diera cuenta, sumaron a la carta una línea más que decía: “Nos vemos el viernes a las 2 de la mañana en el poste blanco de las cinco esquinas. No te vas a arrepentir cachorro...”.

En la mañana cuando nos encontramos todas en la cocina, todo era risas y bromas, “Acá viene la esposa, abran paso, esta la chiruza que le va a dar mil hijos” y aunque me hice la desentendida, los chistes siguieron: “¿no te das cuenta que él espera una mujer de verdad?! ja  justo vos negrito marica le vas a gustar”. Y sí, yo ya lo había pensado mil veces desde que lo vi la primer vez, no me iba a ser fácil, pero estaba segura que no hacía falta tener concha para hacerlo feliz y yo estaba dispuesta a todo para lograrlo.

Llegada la noche del viernes, mi madrastra y mis hermanitas se encerraron largo rato en el dormitorio de la viuda con unas bolsas de ropa que habían comprado temprano en la feria. Se escuchaba como se probaban zapatos, remeras, pantalones y vestidos. Se reían a carcajadas y sorteaban al azar quién iría a una cita esa noche. Algo raro estaba pasando, entonces posé mi oreja largo rato a ver si alguna se le escapaba algo y ¡“Voila”! María, la más chica de las tres, mientras se reía y burlaba, a las otras les decía: -“yo tengo que salir sorteada, cuando me vea llegar a las 2 de la mañana en las 5 esquinas, se desmaya. ¡A ustedes queridas ya se les pasó el cuarto de hora! Mejor vayan a las fiestitas del PAMI”.

No podía ser cierto, ellas querían quedarse con lo único hermoso que le quedaba a mi vida, ya se habían robado mi juventud mientras hacía de mucama y hasta ni la casa de mi viejo me quedaba. Entonces entendí que en esta vida si queres algo, tenés que luchar por ello y mientras ellas se emperifollaban para la cita yo preparaba una gran montículo de porquerías detrás de la puerta para dejarlas atrapadas y ganar algo de tiempo. Corrí a mi cajón, porque para ropero no tenía, y me puse mi mejor pantalón chupin blanco y una musculosita de red que me había regalado Sara, mi amiga trava que justo yiraba en las 5 esquinas. Le mandé un mensaje desesperada y le pedí por favor que si lo veía llegar a Pedro, el chico de la basura, le avise que si quería conocer a su enamorada viniera mi dirección “Rodrigo Bueno 4567” y nos pruebe una a una la tanguita. Sara no dudo en ayudarme pero cuando se le acercó primero le ofreció un breve trabajito del cual Pedro quedó muy contento, y luego sin dudarlo, le dio mi recado. Seguramente él creyó que yo también era yiro y se vino corriendo. Cuando llegó a casa yo ya estaba vestida para matar y con el culo limpito. Las borregas de mis hermanas y mi tierna mamita todavía forcejeaban con el montículo acumulado que les había dejado del otro lado, pero no era muy pesado y en muy poco tiempo estarían afuera. Aproveché mi tiempo y lo invité a pasar, él estaba muy relajado… no sé si por el pete de Sarita o por el faso que se habría fumado antes de llegar. Le serví una cerveza helada y mientras el chorro amarillo llenaba el vaso, lo que quedaba mi “familia” se apareció en la cocina, las cuatro hembras en celo no lo podían creer y se quedaron mudas. Yo aproveché el silencio y le dije a nuestro chico: “Si querés conocer a tu enamorada nos vas a tener que probar la tanguita”. Acto seguido las egocéntricas de mi madrastra y hermanas se adelantaron y se quedaron en culo. Pedro no perdió el tiempo, empezó con la más chica pero la tanga le bailaba, siguió con la del medio pero no le pasaba ni por el tobillo, llegó a la mayor y se le trabó arriba de las rodillas y por último, probó con mi mamita, mientras le subía la tanga el olor a cajeta rancia lo descomponía pero logró llegar a la cintura, lástima que elástico le cortaba la piel como hilo a matambre. Era obvio que con esas medidas la bombachita era solo mía. Así que viendo que las gallinas empezaban a alborotarse les rocié los ojos con gas pimienta, uno que me había regalado Sarita hace unos meses para defenderme de los violentos que no saben disfrutar a culo suelto.  Aprovechando que Pedro se había quedado duro con la escena y que tenía por los menos 30 minutos hasta que pase el efecto, lo tomé de la mano y me lo llevé mansamente para mi piecita para que él me pruebe a solas la tanguita y yo me pruebe su varita.

Michi Love

Comentarios

Entradas populares de este blog

La cañería

  Suena el timbre de un departamento en la Ciudad de Buenos Aires. Su chirrido es como el sonido que da inicio a la libertad de los chicos en el recreo de las escuelas. Una joven baja corriendo, una teta casi se le escapa de su musculosa roja. Abre la puerta y sonríe. Es su madre, una mujer canosa y robusta de unos 60 años, muy tímida que hasta le pide permiso a su propia hija para pasar. La joven rubia y delgada la abraza fuerte y sube las escaleras, deja un poco atrás a su madre que paso a paso mueve las florecitas de su vestido rosa pastel. La joven abre la puerta y la deja entrar. En el interior del departamento, dos valijas grandes de color azul aguardan en el medio de la sala. La chica le agradece con un fuerte abrazo a su madre y baja rápido con los bultos. Sobre la vereda, la mayor de las mujeres ve como se aleja el taxi poco a poco, llevándose en él un pedazo de su vida. Los autos siguen pasando sin parar y un poco de agua le salpica las sandalias naranja, dejando ...

Una mujer y una isla pueden parecerse mucho

Mientras recorro las playas que no conozco, me pregunto ¿habré cerrado la llave de gas? ¿cerré bien la ventana de la cocina para que no entre la mugre que arrastra la lluvia? Pero ¿qué mierda estoy pensando? ¡que explote todo! Que explote todo como mi culo mientras me rajo este pedo aprovechando que no hay nadie y, principalmente, que no estás vos Roberto que me reprimís hasta el orto. Hundo los dedos de mis pies sobre la arena blanca y miro el cielo, ese cielo hermoso y limpio que nada se parece a vos. Roberto, mi marido, es más bien como un yunque, una mole de grasa, un ser estúpido y feliz que se conforma con ver el partido los domingos y juntarse a hablar por horas con otros viejos chotos como él, como nuestros vecinos o los pelotudos de sus clientes, que le compran cosas maltrechas en la ferretería. Quién diría que al fin me podría liberar de su idiota existencia, bue’… como si la mía fuera superior. Pero no les voy a adelantar el final de la historia así que vamos a empezar por e...

La máquina

“Estoy necesitando que me cojan bien”, le dijo ella a su acompañante al oído mientras le rozaba el bulto con su culo. Ella era alta, morena y refinada. Él no podía creer que ese minón que miró embobado todo la noche le dió bola, sí, a él un tipo gris, gordito de birra, ojeroso de tanto faso y aburrido de tanto número en la caja del banco. Le comió la boca y luego de franelear un rato se fueron juntos a la casa de ella. La noche fue hermosa y el día mucho mejor. Tuvieron que ventilar el colchón para que se seque la humedad que derrocharon los cuerpos. Roberto estaba enloquecido con el minón y pensó que por fin le había pasado algo intenso desde que había nacido, por fin la vida tenía sabor, el delicioso sabor a cajeta de minón.  Ella no era cariñosa con él, ni mucho menos amable, lo que sí era caliente, excitante, sorprendente. Él intentó irse después de casi 24 h de estar juntos pero ella con una teta lo convencía y así durante una semana. Roberto no lo podía creer, la excusa de co...