Ella buscaba calmar su monstruo sexual que le exigía
comer como hace ya varias noches. “Este sí.. este no…”, un catálogo de gente,
como si fuera un supermercado del amor o, mejor aún, del sexo. Pasaban
rápidamente frente a sus ojos y al ritmo de su dedo índice: rostros,
abdominales, viajes, frases y miembros. Collage humano, íconos de aquello con lo
que las personas se identifican. La telaraña parecía vacía pero no se dio por
vencida. Chequeó sus redes sociales a ver si alguna vieja presa había vuelto a
caer en la trampa pero nada, los tipos estaban tan pajeros en ese entonces que
no querían salir de su casa ni siquiera para coger. Sonó el teléfono, por fin
otro humano, era su amiga. Le contaba que recién había llegado de la casa de su
nuevo chongo con el que se había hechado ¡3 polvos durante la tarde! Se alegró
levemente por ella pero rápidamente la invadió la angustia. Esa que cala hondo
y te reprocha mil cosas distintas: “¿será que estoy más gorda? ¿Capaz no cojo
bien? ¿no soy sexy desnuda?”, pensó. Al cortar el llamado, que en realidad ella
ya había abandonado en su mente mucho antes mientras imaginaba diversas
variables que podían afectar los resultados de su cacería, se devoró todo lo
que quedaba en su heladera. Se comió la mitad de una milanesa que había
cocinado hace varios días, una banana casi negra, medio pote de mermelada de
ciruela que le había hecho su vieja, bue... que en realidad se lo había
preparado especialmente para su hermana menor. “Bah.. ni mi vieja me quiere”
pensó y se hundió aún más profundo en el paraíso frío y metálico de puertas
blancas. Luego de un rato, un ligero dolor en el estómago la obligó a parar.
Creyó conveniente sentarse en una silla para que la comida realice un correcto
recorrido y evitar una catástrofe en la cocina.
Toc toc toc. La puerta sonó varias veces pero ella
recordó que no esperaba a nadie y como su lema era no abrir la puerta ni contestar
el portero cuando no le avisaron previamente del arribo, se quedó en silencio.
Los sonidos se repitieron una vez más. Se quedó lo
más quieta y silenciosa que pudo para poder zafar, capaz era alguna de sus
vecinas de piso, unas viejas chusmas y depresivas. Una voz jovial y masculina
habló del otro lado: “Martina soy Mateo, el nieto de Magda, tu vecina del 4° F.
Disculpa que te moleste… pero mi abuela se descompuso y necesitaría ayuda para
moverla”.
En ese instante, olvidó el dolor, la angustia y el
atracón pero no la soledad e imaginó al joven como su única esperanza desesperada
de coger con un humano esa noche. “¿Qué tan mal puede estar?” pensó. Magda era
una vieja coqueta, rubiona con ojos verdosos, tenía pinta de tana, si salió a
ella por ahí era de su agrado, concluyó. “Hola! Ya voy.. báncame 5´ que ya te
abro!” le dijo. La joven cerró la heladera y corrió a su habitación para ponerse
algo presentable pero pensó: “¿Qué mierda podría ser adecuado para levantarme
al nieto de mi vecina mientras ella está convaleciente?”. Tomó un pantalón
engomado súper ajustado y seguidamente lo tiró por ser excesivo, lo cambió por
otro más hippie de colores vibrantes que compró en el norte pero
automáticamente recordó las palabras de su amiga que creía que esa prenda la
hacía “incogible”. Finalmente, se decidió por salir como estaba, es agotador
pensar en cómo seducir a alguien en menos de cinco minutos así que simplemente
salió como estaba, con su pijama de ositos, sus pantuflas con forma de garras y
su pelo engrasado. Renunció rápidamente a sus bajos instintos y abrió la puerta
casi sin mirar al joven. Se dirigió al depto de su vecina que por desgracia
estaba tiraba en el baño dura por su hernia de disco y con un pastón de mierda
seco que le cubría el culo arrugado como a un molde de arcilla. Ya con la
sorpresa en frente y sin posibilidades de huir, lo miró al pibe fijo con ira y
advirtió que Mateo tenía un pescador celeste ajustadísimo y una remerita
naranja cortita con la que se le veía el pupo. Claramente la diva la había
llamado para limpiarle el ojete a la vieja.
Michi Love

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