Estaba nervioso, pasé la mano derecha por mi cabeza
varias veces para secar la transpiración pero volvía a chorrear. Las venas me
sobresalían de la pelada, parecía un loco. Pasaron 60 minutos desde el horario acordado
y no venías. Miré la foto de tu cara y recordé la primera película porno que
ví. Una de los ochenta, en la que una colorada hermosa como vos con las uñas largas
y pintadas de rojo se manoseaba la entrepierna y estallaba de placer dando
alaridos que jamás oí. Yo ya estaba al
palo pero vos seguías sin aparecer y no tuve mejor idea que aprovechar el
tiempo. Me levanté y fuí al baño para hacerme una paja pero la mugre de los
azulejos me recordaban las miles de bacterias que se pueden meter en mi pito,
una concha o un culo y seguidamente se me bajó. Volví a mi mesa, todavía se me
revolvía el estómago de asco pero también de nervios. Llamé al mozo para que me
traiga una Fanta, la trajo rápidamente, tomé el primer sorbo y sonó mi celular.
Era un mensaje tuyo, me contabas que tuviste un problema con tu papá, que se
fue de la casa y que fuera hasta allá porque vos estabas “solita”. No lo dudé, pagué la cuenta, dejé el 10% de propina, como
corresponde, y me fuí.
Tomé el primer taxi que se cruzó. Ya adentro, no
pude evitar mirar el piso lleno de migas, polvo y una mancha blanca sobre la
alfombra. Otra vez el asco que me revolvía la panza. Traté de enfocar mi mirada
en la ventana y de recordar tu cara, al fin, después de meses de chatear por Tinder
nos íbamos a poder tocar.
“Es acá pibe” me dice el tachero, sí, era Gallo 346,
al fin estaba delante de su puerta, solo un trozo de madera me separaba de tu mirada, de tu concha caliente y mojada,
al menos así me la imaginaba, y de tus uñas que marcarían mi espalda para sellarme
como tuyo. La pija se me paró de vuelta, me bajé la remera al máximo de lo que
la tela lo permitía para disimularla, total no era muy grande y mirándola
rápido no se notaba. Toqué el timbre, unos perros ladraron y se escuchó que
unos pasos lentos casi arrastrándose que se acercaban. Al abrirse la puerta,
apareció una vieja con un olor que volteaba, me preguntó quién era, le dije mi
nombre y con un gesto en su cabeza me invita a pasar. Seguramente vino antes su
madre, pensé, y bueno, ya estaba ahí. Atravesamos juntos el patio que antecedía
la casa, el pasto estaba alto y había un poco de basura esparcida por todos
lados.
Entramos en la casa, parecía muy humilde, tenía el
piso como un collage de revistas, con azulejos de distintos estilos, muebles
viejos y en la mesa del comedor un hule sucio que la cubría. “Esperá acá nene” me dijo la vieja, me senté en un sillón
polvoriento y remendado. De fondo se escuchaba el agua de la ducha derramarse y
me olvidé por un instante de la mugre, del olor de la vieja y que capaz, en su
presencia, no podría ponerla. Me la imaginé a ella debajo del agua, y como las
gotas recorrerían su piel. El vapor se escapaba por el pasillo y como en un
programa de Tinelli apareció ella como una vedette. Era un mujerón pelirrojo de
mini de jean y musculosa ajustada, lo único que le hubiera cambiado eran las
ojotas violetas. Se acercó inocente hacia mí con las manos hacia atrás como las
nenas buenas que cantan el himno en la escuela y me preguntó si quería tomar
algo. Yo en lo único que pensaba era en chuparle la concha pero no lo podía
decir. Dije “agua” y ella desapareció. Desde la cocina me hablaba, hacía ruidos
con los cubiertos y me preguntaba boludeces sobre el viaje y el bar. No lo pude
evitar y me acerqué hasta donde estaba, le apoyé el culo como si mi pija fuera una
espada que pudiera atravesarle el orto y ella me siguió con un movimiento sexy.
Me tomó del cuello, se giró y me dió de
tomar el vaso de agua en la boca. Lo tomé desesperado para quitármelo rápido de
enfrente y abalanzarme sobre su cuerpo. La apreté toda, para sentir sus pezones
en mi pecho y mi pija en su concha. Un dolor de estómago me cagó el momento y
literalmente, sentí profundas ganas de cagarme encima, el sorete me pedía a
gritos salir. Le pregunté donde estaba el baño y corrí hacia él. Abrí la puerta
y el vapor no me dejaba ver nada, me senté de pedo en el inodoro y explotó mi
culo de mierda como si fuera una bomba de la segunda guerra mundial. Respiré de
alivio y aflojé la mitad del cuerpo dejándolo caer un poco hacia abajo. Mi
frente se chocó con algo peludo y frío. Del susto me levanté chorreándome las
piernas de mierda y ahí lo ví. Era un brazo humano sobresaliendo de la bañera, corrí la cortina y era un hombre desangrado con
la pija parada y la panza abierta como si lo hubieran escarbado todo dejándole
solo algunos chinchulines. Mis piernas se aflojaron y mi vista poco a poco se empezó a oscurecer. Unas manos de
mujer frenaron mi caída y me colocaron sobre el piso. Mi cuerpo me abandonaba
poco a poco, ahí en ese lugar horrible y sucio, carcomido por las miles de
bacterias me moría y sin ponerla. Ella me miró desde arriba sonriendo y me
saludó sacudiendo sus uñas largas y rojas. Todo se oscureció y su voz gritó: “¡Dale
mamá, aprovechá a cogértelo ahora que está calentito!“.

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